Durante mucho tiempo creí que el orgullo era una de esas palabras grandes que solo existen en los libros o en las conversaciones filosóficas. Algo que se discute, que se analiza, pero que rara vez se siente en el cuerpo. Me equivoqué. El orgullo, descubrí, es muy concreto: tiene la forma de una alacena casi vacía, el peso de unas monedas contadas sobre la mesa de la cocina y el silencio de una conversación telefónica donde elegís, una y otra vez, no decir la verdad completa.
Una vida medida en cucharadas
Me había mudado sola hacía algún tiempo, convencida de que ese era el paso natural hacia la adultez. Tenía un departamento pequeño, con paredes claras y una ventana que daba a una calle tranquila. Me gustaba volver a él después del trabajo, dejar las llaves en el platito de la entrada, sacarme los zapatos y dejar que el silencio me envolviera. Era mío. Cada cosa estaba donde yo había decidido ponerla, y eso, durante meses, me bastó para sentirme una persona completa.
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