Hoy crucé el escenario sola, pero no llegué sola hasta aquí.
Cada libro abierto, cada noche sin dormir y cada lágrima silenciosa fueron por ellos: por los padres que ya no están para ver a su hija con toga y birrete.
Hubo días en los que estuve a punto de rendirme. Dolía llegar a casa con buenas noticias y no tener a quién gritárselas. Dolía ver a otras familias en las gradas con globos, flores y aplausos, mientras yo sostenía mi diploma con las manos temblando y pensaba: “Si ellos estuvieran aquí, estarían en primera fila.”
