Rodrigo sintió que el regalo que sostenía se volvía pesado.
Entonces apareció Camila de la Fuente, hija de una familia adinerada y antigua amiga de Rodrigo. Verónica llevaba años mencionándola como el ejemplo de la mujer con quien su hijo debió haberse casado.
Camila entró sonriente, creyendo que había sido invitada a tomar café.
Al comprender la situación, su expresión cambió.
—Mírala —dijo Verónica, señalándola—. Una mujer como Camila sabe comportarse. Tiene educación, presencia y apellido. Hay personas que nacen para ciertos ambientes y otras que, aunque lo intenten toda la vida, jamás pertenecerán.
Camila miró a Mariana, después a Emiliano y finalmente al sobre colocado sobre la mesa.
—¿Para qué me invitó exactamente? —preguntó.
Verónica ignoró la pregunta y empujó el sobre hacia Mariana.
—Ahí hay 2 millones de pesos. Es más de lo que tu familia podría reunir en toda una vida. Puedes comprar una casa en Veracruz, abrir un negocio y empezar de nuevo.
Mariana no tocó el dinero.
—¿Y mi hijo?
—Emiliano se queda conmigo. Rodrigo necesita una esposa adecuada y el niño necesita crecer con una familia que pueda darle un futuro.
Emiliano levantó la cabeza, asustado.
—Yo quiero irme con mi mamá.
Verónica golpeó la mesa.
—Los niños no deciden estas cosas.
El pequeño se estremeció.
Mariana se agachó y lo abrazó.
—Nadie va a separarnos.
—No seas ridícula —dijo Verónica—. Una mujer como tú debería agradecer la oportunidad. Si te vas voluntariamente, le diré a Rodrigo que te cansaste del matrimonio. Él sufrirá un tiempo, pero después entenderá.
Las lágrimas descendieron por el rostro de Mariana.
No eran lágrimas de sorpresa.
Eran las lágrimas de una mujer que había escuchado versiones de aquellas palabras durante casi 10 años.
Camila dio un paso adelante.
—Señora Verónica, usted me invitó con engaños.
—No te metas.
—Me está usando para humillar a otra mujer. Yo nunca acepté participar en esto.
Camila se acercó a Mariana.
—Lo siento. No porque yo haya hecho algo, sino porque mi nombre fue utilizado para lastimarte durante años sin que yo lo supiera.
Tomó su bolso y salió.
Al pasar junto a la puerta descubrió a Rodrigo.
Sus miradas se encontraron.
Camila no dijo nada.
No hacía falta.
Rodrigo dejó caer las bolsas y empujó la puerta.
Emiliano fue el primero en verlo.
—¡Papá!
El niño corrió hacia él.
Rodrigo se arrodilló y lo abrazó, pero sus ojos permanecieron fijos en Mariana. Ella lo observaba como si no supiera si su llegada era una salvación o el comienzo de otro dolor.
Verónica perdió el color del rostro.
—Rodrigo, puedo explicarlo.
Él se levantó lentamente.
—¿Qué parte vas a explicarme? ¿La parte donde le ofreciste dinero a mi esposa para abandonar a nuestro hijo? ¿O la parte donde dijiste que Mariana era una vergüenza?
Verónica abrió la boca, pero no encontró palabras.
Rodrigo tomó la mano de su esposa.
Sintió que temblaba.
—¿Desde cuándo ocurre esto?
Mariana lo miró con una tristeza que le atravesó el pecho.
—Desde antes de nuestra boda.
Rodrigo quiso decir que no era posible.
Entonces recordó cada ocasión en que ella había intentado contárselo.
Y comprendió que la verdad siempre había estado frente a él.
Pero todavía faltaba algo.
Mariana abrió la bolsa que llevaba consigo y colocó una vieja caja de madera junto al sobre con los 2 millones de pesos.
—Hay una cosa más que necesitas ver —dijo.
Cuando levantó la tapa, Rodrigo reconoció inmediatamente la letra de su madre.
Había decenas de cartas.
Y debajo de ellas había un sobre amarillo escrito por su padre muerto.
En el frente podía leerse:
“Si algún día Rodrigo descubre toda la verdad, entrégale esto”.
Parte 2: La herencia escondida
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Parte 2: La herencia escondida
El silencio dentro de la sala se volvió insoportable.
Rodrigo tomó la primera carta.
Había sido escrita algunas semanas antes de su boda.
“Todavía estás a tiempo de evitarle una vergüenza a nuestra familia. Rodrigo se cansará de ti cuando comprenda de dónde vienes”.
Abrió otra.
Era del año en que nació Emiliano.
“Un niño Alcázar necesita crecer rodeado de gente de su nivel. Tú nunca podrás ofrecerle eso”.
