La noche en que Darío se fue, Clara Montes no escuchó un portazo.
Y eso fue lo peor.
Un golpe seco, una maleta arrastrándose, una despedida torpe, incluso una mentira dicha a la cara, todo eso habría sido más soportable. Pero Darío se marchó como se marchan los cobardes: sin ruido, sin explicaciones, sin el valor de mirar a los ojos a la mujer que dejaba atrás con siete meses de embarazo y tres días para pagar el alquiler.
Clara despertó antes del amanecer con el peso conocido en la espalda y en las piernas. El cuarto seguía en penumbra. La vieja cortina dejaba pasar una franja gris de luz y, sobre la mesa, estaba el vaso de Darío, todavía con una mancha de vino seco en el fondo, como si hasta el último rastro de él quisiera burlarse de ella.
Al principio pensó que había salido temprano. A comprar pan. A caminar. A despejarse, como decía siempre que una responsabilidad empezaba a incomodarle. La noche anterior había repetido la frase de siempre:
—Necesito tiempo para pensar.
Clara, con las manos sobre el vientre y una aguja clavada en el dobladillo de una falda ajena, no le respondió. ¿Qué tenía que pensar un hombre cuando su mujer estaba embarazada, sin dinero y al borde del desalojo? En el fondo ella ya lo sabía. Darío no necesitaba tiempo para pensar. Necesitaba una puerta por la que huir sin sentirse monstruo.
Se incorporó lentamente. La cama crujió. La sábana del otro lado estaba fría. No estaban sus botas, ni su chaqueta, ni el peine de madera junto al lavabo. El vacío llegó detalle por detalle, como una costura que se deshace en silencio.
Entonces vio el cajón abierto.
No necesitó acercarse para saberlo, pero caminó hasta la cómoda con una mano en la cadera y la otra sosteniendo su vientre. Dentro del cajón donde guardaban el dinero del alquiler, envuelto en un pañuelo, no quedaba nada. Ni siquiera el pañuelo.
Darío se había llevado todo.
Clara no lloró. Durante unos segundos ni siquiera respiró bien. Afuera, alguien arrastraba un carro. Un gallo cantó demasiado pronto. La vida seguía con una indiferencia grosera.
Sobre la mesa estaba su vieja máquina de coser, negra, pesada, gastada por años de trabajo. A su lado, un costurero de lata donde guardaba agujas, hilos, botones… y unas monedas escondidas. Su madre le había dicho una vez:
—Una mujer debe tener siempre unas monedas que nadie cuente por ella.
Aquella mañana, Clara entendió que su madre no hablaba de monedas. Hablaba de sobrevivir.
La bebé se movió dentro de ella. Un golpecito suave, como una pregunta.
Clara bajó la mirada.
—Ya lo sé —susurró—. A mí también me parece de muy mala educación irse sin despedirse.
La broma salió rota, pequeña, pero salió. Y eso le impidió quebrarse del todo.
Se sentó frente a la máquina de coser. Allí había pasado noches enteras arreglando vestidos ajenos, estrechando cinturas, remendando mangas, alargando faldas para mujeres que pagaban tarde y siempre pedían descuento. Había cosido para otras vidas mientras la suya se sostenía con alfileres.
Se acarició el vientre.
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—Escúchame bien, pequeña —dijo en voz baja—. Tu madre puede perder a un hombre… pero tú no vas a perder a una madre.
No fue una frase bonita. Fue una decisión.
Esa misma mañana llegó el casero. Tres golpes secos. Clara abrió con la espalda recta. El hombre, ancho, bigote fino y paciencia corta, la miró primero a la cara y luego al vientre.
—Vengo por lo de este mes.
