Mi papá pensaba que yo le llevaba el almuerzo porque había ahorrado… pero en realidad yo le daba mi merienda del colegio.

—¡Pa!
Cuando me veía, se le iluminaba la cara.
—¿Qué hacés acá sola?
Yo levantaba la bolsita.
—Te traje el almuerzo.
Él abría los ojos sorprendido.
—¿Y de dónde sacaste plata?
—Estoy ahorrando.
Mentira número dos.
Mi papá se sentaba en cualquier cordón de vereda y comía como si estuviera en un restaurante de lujo.
—Mmm… hoy sí que la chef se lució.
—Obvio.
—Este sánguche tiene gusto a millón de dólares.
—Y porque no probaste el postre cinco estrellas.
Le alcanzaba la fruta y él hacía cara seria.
—¿Manzana? Qué nivel.
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Después me miraba orgulloso.
—Vos vas a llegar lejos, hija.
Yo me hacía la graciosa para no llorar.
—Sí, voy a abrir una cadena internacional de sánguches escolares.
Él se reía tanto que a veces terminaba tosiendo.
Eso duró meses.
Yo aprendí a soportar el hambre durante las clases. Tomaba mucha agua para llenar el estómago y listo.
Hasta que un día me mareé en educación física.
La profesora me llevó a dirección.
—¿Comiste algo hoy?
—Sí…
Pero justo apareció la portera.
—Nunca come la merienda.
Sentí que el corazón se me caía al piso.
La directora me miró preocupada.
—¿Qué hacés con la comida?
Yo no quería decir nada.
En ese momento alguien golpeó la puerta.
Era mi papá.
Había ido a dejar unos cartones cerca del colegio y pasó a buscarme porque llovía fuerte.

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