—Gracias —susurré—. Gracias, Ethan.
Sonrió con complicidad.
“Supongo que siempre he estado un poco loco. Pero esto… esto ya es el colmo.”
Esa tarde, fuimos directamente al ayuntamiento.
Sin vestido de novia.
No hay flores.
Solo papeleo y dos desconocidos firmando con sus nombres.
Cuando salimos, Ethan sonrió.
“Bueno, parece que ahora estamos todos juntos en esto.”
Solo entonces se hizo patente la realidad.
Me acababa de casar con alguien a quien había conocido ese mismo día.
Los días que siguieron pasaron volando. Ethan y yo nos acostumbramos a una rutina inusual que, de alguna manera, se volvió reconfortante.
Su vida era sencilla y tranquila. Me enseñó cosas que nunca me había molestado en aprender: cómo preparar el desayuno sin depender de nadie, cómo comprar con cuidado, cómo estirar el presupuesto para la compra.
Cuando mi padre descubrió que me había casado, estalló de rabia.
Llamaba cada hora, dejando mensajes breves llenos de ira gélida. Después de varios días ignorándolo, finalmente le contesté.
—¿Qué está pasando, Anna? —preguntó—. ¡Te casaste con alguien… un desconocido! ¡Un conserje! ¿Te has vuelto loca?
—Es mi vida, papá —respondí, sin poder evitar que me temblara la voz.
“Tienes responsabilidades, Anna. ¿Crees que el mundo va a respetar esto… esta tontería? Iré mañana. Quiero conocer a tu marido.”
—De acuerdo, papá —respondí, sintiendo un escalofrío recorrer mi cuerpo. Sabía que evitarlo para siempre era imposible.
A la noche siguiente, mi padre llegó a nuestro modesto apartamento vistiendo otro costoso traje de diseñador. Sus ojos recorrieron los muebles dispares y la sencilla decoración con evidente disgusto.
—Anna, ¿de verdad te quedas aquí? —preguntó.
—Esta es nuestra casa —respondí, cruzando los brazos mientras sentía que Ethan estaba de pie en silencio detrás de mí.
Entonces mi padre se enfrentó a Ethan.
—Así que usted es el hombre que se casó con mi hija —dijo con evidente desprecio—. ¿Sabe quién es? ¿Tiene idea de lo que vale?
Ethan lo miró a los ojos sin dudarlo.
—Sí, señor —respondió con calma—. Sé que ella es más que su apellido o el dinero que lo acompaña.
Mi padre soltó una risa burlona.
“Ah, ya veo. Tienes toda la razón. Está claro que no estás en esto por amor, sino por lo que puedes ganar.”
—En realidad, señor —respondió Ethan con firmeza—, no me importa su dinero. Ni su estatus. Me importa Anna.
El rostro de mi padre se enrojeció.
—¿Pretendes que me crea eso? —espetó—. Solo eres un conserje, un don nadie.
Ethan se mantuvo perfectamente sereno.
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