—No quería que te fueras tan rápido —dijo Luis.
—No pasa nada, me dio gusto verte —le respondí.
Esta vez el abrazo fue más largo.
—Te quiero —dijo él.
—Yo también —le respondí.
Durante el viaje miré el paisaje por la ventana sin sentir enojo ni reproche, solo una tristeza tranquila, de esas que no rompen, pero sí cambian algo por dentro. Los hijos crecen y hacen su vida, y una aprende a quererlos desde lejos.
Cuando llegué a casa, abrí las ventanas y dejé que entrara el aire de siempre. Fui acomodando los frascos en la despensa, uno por uno, como si también ordenara mis pensamientos; partí el pan y lo compartí con mi vecina.
Esa noche sonó el teléfono.
—¿Llegaste bien? —preguntó Luis.
—Sí —le respondí.
Hubo un pequeño silencio.
—Perdona si te sentiste incómoda —añadió él.
Me quedé callada un momento antes de responder.
—No necesito mucho; solo que de vez en cuando te acuerdes de llamar, que vengas sin que haya un motivo especial.
—Lo voy a intentar —dijo Luis.
—No hace falta que lo intentes… hazlo cuando de verdad te nazca —le respondí con calma.
Colgué y salí al patio. Las plantas seguían ahí, creciendo en silencio; vi los brotes nuevos y pensé que, si uno aprieta demasiado una planta, termina por romperla, pero si la deja crecer a su ritmo, puede alejarse, sí, aunque también florece.
Respiré hondo y entendí que mi vida no podía quedarse esperando.
Tal vez me inscriba a ese taller de pintura que siempre había pospuesto, salga más, visite a mis amigas o incluso me anime algún día a viajar sola.
Y cuando ellos decidan venir, los voy a recibir como siempre, con la mesa puesta y el corazón en calma, sin reproches.
Porque el amor de una madre no desaparece cuando el hijo toma su camino.
Solo cambia de forma.
Se vuelve más silencioso y discreto, pero sigue ahí, firme y profundo, como esas raíces que nadie ve y que, aun así, sostienen todo.
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