Esa mañana, después de leer todo lo anterior en el teléfono, volví al patio con guantes de jardinería y una bolsa de basura.
Me acerqué al huevo del diablo con bastante más calma que media hora antes, aunque el olor seguía siendo exactamente igual de horrible. Lo recogí, lo cerré en la bolsa y lo deposité en el contenedor.
Luego regué las flores, como había planeado originalmente.
Los gatos del barrio aparecieron a las diez de la mañana, como siempre, completamente indiferentes a todo lo ocurrido.
La naturaleza, con toda su capacidad para sorprender y desconcertar, siguió siendo exactamente lo que es: mucho más extraña y más interesante de lo que cualquier jardín suburbano haría suponer.
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